Para este historiador estudioso de mujeres, el meollo del feminismo está en hacer comprender que el enemigo no es el hombre, sino el diseño patriarcal de la sociedad.
Por: VLADIA RUBIO y DIXIE EDITH
Puede comprender mejor a las mujeres y se siente superior por eso; no quiere ser paradigma, pero sus alumnos lo persiguen por los pasillos de la universidad buscando encontrarse a sí mismos en el diálogo con este profesor de pelo largo; está en contra de la teoría de la media naranja, porque no quiere tener la mitad de nadie. Con 36 años en las costillas, Julio César González Pagés es definitivamente un hombre para ser entrevistado.
Desde que se graduó como licenciado en Historia ha desandado los caminos de la teoría de género y el quehacer de muchas mujeres cubanas. Investigador acucioso, acumula paradojas en su vida: desciende en cuarta generación de un hermano de Leonor Pérez, pero prefiere no hablar del tema ni investigar sobre la familia; le gustan las mujeres en todos los planos de la vida, pero también se ha dedicado a estudiarlas.
"Empecé a trabajar estos temas desde la licenciatura y un poco por curiosidad. Yo decía, bueno, en la historia de Roma, de Grecia, ¿no hay ninguna mujer que pueda marcar un momento, una época? También pasa en filosofía, donde solo se estudia a hombres. Entonces, casi como una burla, me dieron a investigar un tema sobre mujeres: el movimiento feminista de la década del 40. Después hice la tesis sobre las que habían participado en la Revolución y fue realmente la primera vez que el tema me enganchó".
Al principio, sus compañeros de aula se burlaban de lo que consideraban una investigación menor. Años después la vida les quitó la razón. Varios libros publicados, investigaciones reveladoras sobre las etapas del feminismo en Cuba, y una envidiable biblioteca sobre el tema, confirmaron la buena brújula de aquel historiador en ciernes.
-¿No es una paradoja que sea un hombre quien se dedique a investigar la historia de las mujeres?
-Yo creo que no, en Cuba hay mujeres que hacen historia de mujeres. Está Raquel Vinach, del Instituto de Historia, Dania de la Cruz, del Archivo Nacional. Lo que costó trabajo es incluirles a esos estudios el enfoque de género y yo entré justo cuando eso empezaba. Pero esta perspectiva tiene muchas interpretaciones, la mía es algo subversiva. Estudié un master en teoría de género a partir de la antropología y veo el tema desde el ser humano. No se trata solo de describir la historia de las mujeres, sino de darle a cada hecho una explicación, buscar su significado a escala social, y para eso hace falta un andamiaje teórico.
-¿Te ha enseñado algo ese mundo femenino?
-He aprendido mucho trabajando con mujeres, muchísimo: a equivocarme y pedir disculpas, a decir no sé, a volver hacia atrás. Ellas también tienen una capacidad de espera diferente. Hoy me siento un hombre superior. Por lo general, no tengo temas tabúes. He participado en seminarios Conozca su clítoris, por ejemplo, y me encanta porque a la hora de tener una relación sexual con mi pareja yo conozco bien al menos la teoría. Es muy difícil llevar ese tema a los hombres. No piensan, por ejemplo, que el clítoris lo ven a menudo y la guerra casi nunca. Sin embargo, de eso no se habla, pero de la guerra sí.
-¿Hay otras carreras de Historia en el mundo que incluyan cursos de género e historia social?
Julio César convive con la contradicción de ser un hombre feliz y a la vez angustiado
-No, es increíble. En Hispanoamérica esa asignatura no existe en los currículos de las carreras de Historia. Cuando la estaba preparando para incluirla, pensé que era algo atrasado con respecto a otros países. Pero no es así.
-¿Y cómo reciben estas clases los estudiantes?
-Las imparto en tercer año de Historia y en cuarto de Sociología, y las reciben con mucho placer.
Julio César no quiere que lo vean como heraldo del hombre venidero en cuestiones de género. Sin embargo, salta cuando descubre, en cualquier esquina, un acto de violencia contra la mujer, sea explícito o de esos otros tan sutiles que ni siquiera ella, apresada en una antiquísima construcción cultural, es capaz de identificar.
-¿No es lacerante estar constantemente contra esquemas y estereotipos preestablecidos desde la cultura?
-Es el compromiso más difícil para un investigador. Todas las cuestiones culturales tienen un sustrato de dominio y como está planteado el mundo, a los hombres no parece interesarles cambiarlo, porque tienen privilegios. Incluso, cuando en un futuro la figura fuerte en casa no sea solo el hombre, sino los dos, no todo quedará resuelto. Las mismas mujeres que participan de una cultura machista dudan, porque su estatus cambiará y no saben si para bien o para mal.
"La relación de pareja tal como está hoy, en el fondo, es dependiente. Tú buscas generalmente una mujer que sea tu madre, una sustituta, con lo cual sigues siendo un niño."
-Eso es freudiano hasta la pared de enfrente...
-No, no, hagan una encuesta para que vean que no lo es. Muchos hombres, y está estudiado, buscan solo "una mujer buena". Muy pocos te dicen que se casaron con una porque era inteligente, brillante, que los reta profesionalmente o en cualquier otro ámbito
-¿No estarás asumiendo una postura ultrafeminista?
-Estoy asumiendo la postura de alguien que estudia el tema, lo conoce y además, lo debate en talleres con personas bien disímiles. Además, yo me muevo entre mujeres, y también entre hombres que muchas veces han tenido una mujer que sexualmente es la candela, una sofocadora, pero con esa no se casan. Se casan con aquella otra que es buena, tranquila, sabe cocinar... porque con esa, dicen, tienen tranquilidad. La otra está bárbara para la cama pero hasta ahí. Es el mito de la maternidad perpetua, un conflicto que tiene que ver con el nivel de pureza. Data del siglo XIX: las mujeres son santas o putas. No hay términos medios. Pero a ningún hombre se le pide que sea un santo.
Las mitades no valen, mejor la naranja entera
Rascándose la barbilla, Julio César mira recto a los ojos y confiesa haber estado casado con una antropóloga colombiana feminista junto a quien trató de ser un hombre diferente.
"Era un doméstico increíble, limpiaba las ventanas, los cristales que se ensucian cantidad. Yo estaba tratando de ser el hombre nuevo, el paradigma. Parecía lo ideal, sin embargo fue un caos enorme como pareja: portazos, gritos, mucha incomprensión, ella era igual de celosa que una mujer no feminista."
Aunque no tuvo éxito, persevera en el empeño.
"Todo el mundo debe tratar de ser consecuente con su discurso. Si tú no te lo crees de verdad, jamás lo podrás hacer creíble. Yo soy presidente de una comisión en el Movimiento Cubano por la Paz que se llama Género y Paz. Allí preparamos talleres con estudiantes. Un amigo me dice que yo tengo un pase de propóleo por meterme a debatir masculinidad en la música con muchachos de la Escuela Amadeo Roldán. Yo le digo: para que no siga saliendo Tú eres una bruja. No puedo cambiar a José Luis Cortés, pero sí ayudar al que está allí de 16 años a reflexionar para que haga una letra más inteligente".
-En algunos debates sobre feminismo se olfatea cierto odio al hombre...
-Aquí en Cuba no, porque este país nunca fue del feminismo ultrarradical. Pero en otros países, sobre todo al inicio, fue bien diferente. Luego de la primera etapa de inmadurez, las aguas han ido tomando más o menos su nivel.
"Ahora no es tan radical: el hombre no es tu enemigo. El enemigo es el diseño patriarcal de la sociedad con los parámetros y raseros que traza. Ponen a un hombre en un cargo, falla y ponen a otro y a otro más. Si falla una mujer, entonces es que las mujeres no sirven para eso. Pero entre mil hombres que fallaron solo le diste a una mujer la oportunidad de fallar.
"Además, el problema no es solo que tenemos tantas técnicas, tantas profesionales; sino preguntarnos ¿hasta dónde podrían llegar? En la práctica, la mayoría tiene que cargar con los hijos, el trabajo en la casa y todo lo demás porque la norma no es que el marido se quede con los tres hijos porque ella se va de viaje.
-¿Tú te sientes un tipo fuera de la norma?
-En cierto modo. Yo vengo de una cultura hippie, soy extrovertido, me comunico bien con las mujeres y estudio el feminismo... pero enseguida me encasillan como el paradigma, a mí que no lo quiero ser. En la universidad soy profesor pero también joven. Me visto como mis estudiantes y muchos quieren que yo los tutoree; me traen sus problemas personales, me esperan fuera de clase para contarme hasta que van a abortar.
-¿Y eso no te afecta?
-Muchísimo. Mi vida personal es un caos. Porque soy una persona que, además de pensar en los demás y ocuparme de ellos, también tengo expectativas de vida: para mi pareja, para mis relaciones humanas.
-¿Cuál sería la mujer ideal para un feminista?
-No existe. No creo en seres ideales. Pero si insistes te diría que esa mujer debería ser feminista -aunque ya tuve una experiencia así que no funcionó-. Sería inteligente, espiritual, preocupada por los problemas del mundo que le rodea, con una alta autoestima. No una doméstica, porque sé hacerme mis cosas. Estoy en contra de la teoría de la media naranja. Yo no quiero tener la mitad de nadie. Una pareja deben ser dos seres completos conviviendo con inteligencia.
(Tomado de la Revista Bohemia)